Los cinco mitos sobre el sectarismo en el islam en el Medio Oriente contemporáneo

Traducido al español por Mateo Toquica y Alejandra Londoño

Desde el cambio de siglo y el creciente enfoque global en el Medio Oriente y el mundo islámico, muchos académicos se han apresurado en reconocer la gran brecha de conocimiento y comprensión del islam en Occidente, incluso en los Estados Unidos. Si bien se han hecho algunos progresos hacia un mejor entendimiento de la religión, cuando se trata de diversidades culturales y sociales dentro del islam, vemos con mayor recurrencia las generalizaciones problématicas y malentendidos con respecto a las dos principales sectas del islam (sunismo y chiísmo) así como el sectarismo en el mundo islámico. Estas narrativas problemáticas impregnan el análisis general sobre el Medio Oriente y postulan, por ejemplo, una división rígida y eterna entre “chiítas y sunitas” que fundamenta el conflicto en la región. Este entendimiento básico de que existen diferentes sectas y denominaciones dentro del islam alimenta narrativas falsas y simplistas de la antigua violencia sectaria en el mundo islámico.

Detrás de estas narrativas problemáticas sobre el sectarismo, existe una serie de suposiciones cuestionables o explicaciones simplificadas sobre el islam, el Medio Oriente y la identidad religiosa. Por “sectarismo”, nos referimos al hecho de privilegiar la propia secta o confesión dentro de una tradición religiosa y/o finalmente aceptar una lectura confesional particular de la religión como la lectura verídica de esa tradición religiosa. En este artículo, buscamos abordar y criticar cinco de los principales “mitos del sectarismo” dentro del islam en el Medio Oriente para brindar claridad analítica y crear debates para académicos, legisladores y líderes religiosos preocupados por estos temas. Esto es importante para teorizar caminos hacia el desescalamiento del sectarismo y tratar de disminuir las prácticas y creencias sectarias excluyentes y perjudiciales en la región, las cuales han aumentado dramáticamente en los últimos tiempos. 

 

Mito uno: Los chiítas y los sunitas han estado involucrados en una guerra religiosa durante milenios y están intrínsecamente predispuestos a los conflictos violentos.

El mundo islámico es grande, diverso y tiene una larga historia que incluye experiencias significativas de coexistencia pacífica entre diferentes denominaciones islámicas. A lo largo del tiempo, existió una importante fluidez sectaria entre los musulmanes, lo que puede describirse como “ambigüedad confesional”, a partir de la cual los musulmanes combinaron abiertamente lo que hoy se consideran aspectos discretos de las estructuras de autoridad y las doctrinas chiíta y sunita. Además, en diversos contextos de paz y violencia a lo largo de los siglos, ha habido diversidad en la afiliación sectaria de las dinastías islámicas gobernantes en todo el mundo islámico, en donde tanto chiítas como sunitas gobernaron diversas denominaciones islámicas (y no islámicas) que no estaban necesariamente vinculadas con la secta islámica gobernante.

Las relaciones comunales entre chiítas y sunitas dependen, por lo tanto, del contexto histórico. Los casi 1400 años de historia del islam reflejan una historia de relaciones pacíficas mezcladas con violencia y las diversas dinámicas de poder que influyen en las relaciones entre diferentes sectas islámicas y dinastías gobernantes. Si bien las narrativas principales retratan una historia propensa a la guerra con políticos como el presidente Barak Obama, quien afirmó que, en el Medio Oriente, “los únicos principios organizativos son sectarios” y que estas disputas sectarias “se remontan a milenios atrás”; la realidad es más compleja y depende del contexto que los grandes trazos describen como un antiguo y permanente conflicto sectario dentro del islam. Los otomanos liderados por sunitas y los safávidas liderados por chiítas se involucraron en múltiples guerras destructivas en los períodos intermedios (apróx. siglos XVI - XVIII) cuando se institucionalizaron demarcaciones sectarias más identificables. Sin embargo, las relaciones sectarias entre sunitas y chiítas no se limitan de ninguna manera a tales episodios de conflictos imperiales. Todos los grandes poetas persas de los períodos medios (Rumi, Hafez, Attar), por ejemplo, son aclamados tanto por los chiítas como por los sunitas debido a su ambigüedad confesional y son amados en todo el espectro religioso. Dos de los fundadores de las escuelas de jurisprudencia “sunitas”, Abu Hanifah y el Imam Malik, se educaron con el Imam “chiíta” Ya’far al-Sadiq; este y otros innumerables ejemplos demuestran la fluidez de las relaciones, principalmente pacíficas entre musulmanes de toda índole que en la mayoría de los casos fue la norma a lo largo de la historia islámica.

 

Mito dos: La violencia sectaria en el Medio Oriente es principalmente entre sunitas y chiítas

Si bien muchos actores en el Medio Oriente, incluidos los estados y las milicias de mayoría sunita y chiíta, hacen uso de la violencia religiosa contra sus adversarios, el crecimiento de la violencia sectaria moderna no puede entenderse correctamente como una dinámica general “sunita-chiíta”, sino que es impulsado en gran medida por el aumento significativo de un fenómeno separado: el wahabismo militante. En esencia, la propagación sin precedentes de la ideología takfiri (es decir, excomulgar o satanizar a los oponentes) que se encuentra en el wahabismo radical, es en gran parte responsable de legitimar doctrinalmente la violencia hacia el “Otro” y ha sido muy problemático dentro de la comunidad sunita más amplia, así como lo ha sido para los chiítas y otras minorías en la región. Al considerar que el sectarismo es fundamentalmente un producto de las disputas entre sunitas y chiítas, tal retórica minimiza la gran violencia cometida contra los sunitas por los wahabíes, cosifica el “radicalismo sunita” como una categoría, e identifica erróneamente las fuentes de conflicto en el Medio Oriente.

El movimiento wahabí tiene sus raíces en la Península Arábiga; surgió originalmente en el siglo XVIII y forma hoy en día la base de la autoridad clerical en el Reino de Arabia Saudita. El radicalismo wahabí que se alimenta de grupos como ISIS y al-Qaeda, conocidos en los principales medios de comunicación como terroristas, confrontan a sunitas, chiítas, cristianos, judíos, yazidíes y a otros por igual. Es el mayor responsable, en términos de escala e impacto, de difundir creencias y prácticas sectarias violentas tales como la esclavitud de las mujeres (tanto musulmanas como no musulmanas) dentro del mundo islámico. En efecto, el sectarismo se apoya y va de la mano con la radicalización y el terrorismo. Según los análisis que utilizan la base de datos de terrorismo global de la Universidad de Maryland, la gran mayoría de las muertes infligidas por terroristas musulmanes desde 2001 fueron perpetradas por Al-Qaeda, ISIS y otros grupos con ideas afines[1]. En otras palabras, por wahabíes radicales. Es importante señalar que el wahabismo pro-monárquico de Arabia Saudita también está amenazado por otros grupos militantes wahabíes como ISIS que se oponen a la familia real saudí y a sus vínculos con los Estados Unidos, lo que demuestra algunas de las rivalidades conflictivas internas que existen dentro del propio wahabismo contemporáneo.

Por supuesto, no queremos trivializar otras manifestaciones de sectarismo o afirmar que Arabia Saudita o los wahabíes radicales son los únicos responsables de todo el sectarismo en el Medio Oriente. Estados como Irán, Turquía y los Estados Unidos, los Emiratos Árabes Unidos (así como otros) pueden y de hecho instrumentalizan el sectarismo para sus intereses estatales. Sin embargo, el wahabismo militante está solo en sus creencias, acciones doctrinales y a menudo genocidas hacia el Otro sectario. En Irán, por ejemplo, el privilegio de la identidad y las doctrinas contemporáneas de los chiítas duodecimanos está consagrado en la constitución mediante la definición de la República Islámica como un gobierno de reserva para el doceavo Imam, y el estado impide extraoficialmente que posiciones gubernamentales sensibles sean ocupadas por sunitas o por no chiítas. El apoyo de Irán a las milicias chiítas regionales también representa, en parte, una estrategia sectaria que, como mínimo, refuerza negativamente las narrativas sectarias y las percepciones de una creciente amenaza chiíta por parte de ciertas comunidades sunitas. En Turquía ha existido una discriminación estatal de larga duración contra los lugares de culto aleví y las leyes del estado civil han creado tensiones entre las diferentes comunidades religiosas. El estado turco ha sido bastante activo en el apoyo a varias milicias con motivos sectarios explícitos en Siria. En Irak, la violencia sectaria tiene una larga historia durante la era Saddam Hussein, pero la violencia continuó después de la invasión de Estados Unidos en 2003 cuando el “ejército Mahdi” chiíta, aliado con Muqtada Sadr, empezó una campaña de asesinatos indiscriminados de sunitas en Bagdad después del devastador bombardeo de Al-Qaeda en 2006 al santuario de al-Askari en Samarra, que alberga las tumbas de importantes imames.

Es importante destacar que, aunque el movimiento wahabí se identifica a sí mismo como “sunita” –y el análisis convencional occidental normalmente enmarca la disputa geopolítica en el Medio Oriente entre una “Arabia Saudita sunita” y un “Irán chiíta”– el lugar del wahabismo dentro de la comunidad sunita siempre ha sido una fuente permanente de objeción (e incluso de conflicto violento). Esto se debe, en gran medida, al rechazo del wahabismo por parte de los principios básicos de la teología sunita Ashari dominante, que hoy en día rechaza la vía libre para excomulgar y la violencia sancionada contra los musulmanes practicantes. Si nos fijamos en algunas de las principales zonas de conflicto en el Medio Oriente, ya sea en Siria o Yemen, por ejemplo, observamos un conflicto “Wahabí-Chiíta” más que uno “Sunita-Chiíta” y, de hecho, también somos testigos de un conflicto “Wahabí-Sunita”, incluso contra los sunitas de orientación sufí o incluso contra los seculares o de la corriente principal en esos mismos lugares. Si bien la identidad sectaria impregna gran parte de las actividades de los actores musulmanes no wahabíes (sunitas y chiítas por igual) en zonas de conflicto en el Medio Oriente, estos otros actores generalmente no tienen como objetivo acabar con los “Otros” sectarios, atacar sistemáticamente a los cristianos u otras minorías y esclavizar a sus mujeres y niños, o destruir programáticamente monumentos religiosos e históricos y lugares de culto como si lo hacen los grupos radicales wahabíes.

Esto apunta a la importancia de comprender cómo el único concepto de sectarismo puede usarse y aplicarse de manera diferente a varias sectas y actores dentro de la comunidad islámica. La importancia del monumental mensaje de Amán de 2004, fue una notable afirmación del islam ortodoxo inclusivo y una clara reprensión de la ideología de excomunión takfiri. Este mensaje, el cual afirmó que diversas prácticas y creencias musulmanas son permitidas dentro del islam, fue firmado por los representantes populares y de más alto rango de casi todas las denominaciones islámicas del mundo, mostrando así la solidaridad de los principales sunitas, chiítas e ibadíes contra el takfirismo como uno de los principales problemas en el islam contemporáneo. También es importante señalar que el fenómeno del sectarismo puede adoptar diferentes formas en las diferentes regiones. En el sur de Asia, por ejemplo, existen diferentes capas y dinámicas en el sectarismo entre sunitas y chiítas, pero de igual importancia entre diferentes grupos de movimientos revivalistas sunitas y órdenes sufíes (es decir, entre Deobandis, Ahl-i Hadith, Barelvis, etc.), especialmente en un contexto donde el wahabismo tiene un punto de apoyo diferente al de la Península Arábiga y el Medio Oriente. Más investigaciones pueden ayudar a esclarecer estos diversos patrones y sublíneas que las identidades sectarias y el comportamiento sectario pueden adoptar en las regiones del mundo e incluso en localidades particulares.

 

Tercer mito: El sectarismo tiene que ver únicamente con política

Análisis más sofisticados que buscan ir más allá de generalizaciones religiosas o sectarias, se concentran en la primacía de “la política” en el conflicto actual del Medio Oriente y tienden a minimizar o a ignorar completamente la religión como un factor relevante. Si bien es tentador atribuir el conflicto sectario del Medio Oriente solamente a “la política” y descartarlo con el uso ciertamente problemático de la religión y las narrativas basadas en sectas tan dominantes hoy día, ignorando el papel verdaderamente real e independiente que juega lo “religioso”, esto puede en sí mismo socavar nuestra comprensión y explicaciones para lo que sucede actualmente en el Medio Oriente. Dicho de otro modo, el pensamiento e ideología sectario no puede simplemente ser reducido a herramientas en manos de los poderes del estado para promover sus intereses. Si bien las doctrinas y creencias religiosas pueden ser manipuladas por actores estatales que se adhieren a diferentes ideologías, es solo porque la ideología religiosa es un importante factor impulsor en la vida de los creyentes y tiene su propio contenido idiosincrático que puede ser usado de maneras únicas por los poderes estatales que buscan instrumentalizar estas creencias para su propio beneficio.

Por ejemplo, no es posible resumir el chiísmo contemporáneo en el Medio Oriente simplemente como una función de la política iraní, ya sea considerando los diversos partidos y movimientos políticos chiítas en la región como se ve en Irak, Líbano, Yemen o más allá, o incluso considerando ideas históricas y teológicas como vilayet-i faqih (la base ideacional del sistema teocrático moderno en Irán) que es un fenómeno basado en el contenido que se deriva del pensamiento y la doctrina chiítas y no puede entenderse simplemente como una acción política instrumental que surgió de los actores estatales. Del mismo modo, no resulta suficiente reducir el complejo desafío del takfirismo militante a las políticas de un estado e ignorar la naturaleza ideológica única del propio wahabismo. El wahabismo, en otras palabras, también es un problema teológico cuando se trata de sectarismo violento, así como es un desafío ideológico (no simplemente político) dentro de la teología sunita dominante y del paraguas más amplio del pensamiento religioso sunita.

Además, en un nivel más fundamental, desentrañar conceptualmente la “religión” de la “política” no es una tarea fácil, y es una pregunta abierta en el campo considerar si una división tan particular es en realidad útil, especialmente dado que el pensamiento político islámico generalmente no conlleva tal vocabulario secular interno que demarca claramente política de religión. La línea conceptual entre la religión y la política es notoriamente borrosa y, al explicar el papel que los compromisos religiosos y la ideología pueden desempeñar en la conducción de los comportamientos sobre el terreno, los analistas pueden identificar erróneamente los impulsores de fenómenos como el sectarismo. Es necesario tomar en serio la naturaleza, la ideología y el impacto del pensamiento religioso para ampliar nuestra comprensión más allá de lo que comúnmente entendemos como política. Desde análisis incorrectos que no lograron predecir la victoria de la revolución islámica iraní, hasta la política iraquí posterior a 2003 que fue testigo de un resurgimiento de la movilización islamista, hasta el renacimiento islámico generalizado en Turquía y el atrincheramiento del partido gobernante AKP, los malentendidos sobre el nexo entre religión y política han dado lugar a graves deficiencias en la explicación de los fenómenos contemporáneos significativos y de las principales tendencias sociales.

 

Cuarto mito: Estados Unidos no está involucrado en disputas intra-islámicas en el Medio Oriente

Si bien es un refrán común de los políticos estadounidenses de ambos partidos decir que Estados Unidos no está interesado en involucrarse en una “disputa sectaria” intra-islámica que supuestamente se remonta a tiempos inmemoriales, Estados Unidos está de hecho profundamente involucrado, directa o indirectamente en la dinámica sectaria en el mundo islámico. Estados Unidos cambió el balance de poder en el Medio Oriente al derrocar a Saddam Hussein en el 2003, lo cual condujo a elecciones democráticas instaurando en el poder un gobierno mayoritariamente chiíta en Irak por primera vez en décadas en lo que fue una clara bendición para las regiones chiítas e Irán. Esto conlleva a consecuencias indirectas para el sectarismo que las acciones de Estados Unidos mantienen sobre asuntos de política extranjera, los cuales podrían no estar relacionados con las consideraciones sectarias desde un principio. En efecto, como lo asevera el diplomático americano Peter Galbraith, en la víspera de la invasión a Irak en el 2003, el expresidente George W. Bush invitó a tres figuras destacadas del exilio iraquí a ver el Superbowl con él, y en las conversaciones que sostuvieron, él desconocía totalmente las diferencias entre los musulmanes chiítas y sunitas en Irak. 

Por otro lado, la alianza de Estados Unidos con Arabia Saudita, su principal aliado árabe de la región, posee consecuencias serias sobre las percepciones y realidades del involucramiento de los Estados Unidos en el amplio Medio Oriente. Es decir, esta relación significa un incómodo consentimiento del establecimiento religioso wahabí que otorga a la monarquía saudí legitimidad como gobernante, ya que los pilares mismos del Reino se basan en su alianza histórica de siglos con el clero wahabí. Esto puede volverse particularmente problemático y tergiversar los valores estadounidenses dado nuestro apoyo deliberado a los objetivos de política exterior de Arabia Saudita con poca o ninguna rendición de cuentas. Estas dinámicas moldean negativamente las percepciones sobre el sectarismo y agrava la imagen de que los Estados Unidos toma partido en los asuntos intra-islámicos a través de su alianza con Arabia Saudita, lo cual está causando una devastadora guerra en Yemen (con el apoyo estadounidense), y apoyó también medidas severas in Baréin contra la población chiítia mayoritaria durante la Primavera Árabe, y están involucrados en la discriminación contra los musulmanes chiítas que viven en el Reino, entre otras políticas críticas en la región.  

Las percepciones negativas con respecto a la alianza entre Estados Unidos y Arabia Saudita no sólo aumentan el sentimiento antiestadounidense entre los principales sunitas y chiítas que están en el lado receptor de la violencia cometida por los grupos wahabíes, sino que, irónicamente, deteriora aún más la imagen de Estados Unidos entre los radicales wahabíes que son virulentamente antiestadounidenses (así como son opositores a la monarquía saudita y su alianza con Estados Unidos). Por lo tanto, la naturaleza especial de la alianza entre Estados Unidos y Arabia Saudita radicaliza los sentimientos antiestadounidenses en todo el espectro y al mismo tiempo daña las relaciones de Estados Unidos con otros actores musulmanes y socios actuales y potenciales en el Medio Oriente. El establecimiento saudita y wahabí también se opone firmemente a los movimientos políticos sunitas rivales que los han enfrentado con la Hermandad Musulmana en Egipto y Turquía, así como con otras formas del islam político sunita (especialmente aquellas que combinan el islam y las elecciones) que han tensado las relaciones de Estados Unidos con sus otros aliados tradicionales en la región. Sería prudente que Estados Unidos, en pos de sus objetivos estratégicos e intereses de seguridad nacional, buscase un enfoque más equilibrado con una multitud de actores diversos en la región en lugar de depender casi exclusivamente de Arabia Saudita.

Además, esta situación puede crear desafíos importantes para un objetivo central de la política de Estados Unidos en el Medio Oriente: combatir el terrorismo, dado que Arabia Saudita comparte raíces ideológicas con los mismos grupos que Estados Unidos se compromete a eliminar. Esto es particularmente pertinente cuando se considera la íntima relación entre el terrorismo y el sectarismo en la que muchos de los principales grupos terroristas (ISIS, diferentes ramas de Al-Qaeda, etc.) están al frente de las atrocidades sectarias y en la difusión del discurso de odio sectario. Estas implicaciones con respecto al sectarismo no deben ser ignoradas fácilmente por los analistas y los formuladores de políticas estadounidenses, ya que influyen profundamente en la opinión popular y de élite sobre las acciones estadounidenses y la eficacia de las políticas en el Medio Oriente.

 

Quinto mito: el sectarismo es necesariamente malo y violento

El sectarismo es la creencia o práctica de una interpretación particular de la religión como la última interpretación verdadera y la práctica privilegiada de esa tradición o identidad religiosa. Por sí mismo, como concepto, no necesariamente debe tener connotaciones positivas o negativas como se percibe comúnmente. El chiísmo y el sunismo, por ejemplo, son dos lecturas sectarias del islam, lo que no las hace obligatoriamente violentas o destructivas. Las lecturas sectarias son parte intrínseca de cualquier tradición religiosa y reflejan la pluralidad de las interpretaciones que acompañan a todas las religiones. Estas lecturas incluyen diferentes metodologías legales, varias lecturas teológicas del islam y diversas prácticas rituales dentro y entre el sunismo y el chiísmo. La mayoría de las diferencias confesionales dentro del islam son insignificantes y el mundo islámico es sorprendentemente uniforme con variaciones generalmente menores en sus creencias y prácticas religiosas (por ejemplo, en las oraciones diarias, en las doctrinas fundamentales, en la conceptualización del peregrinaje a La Meca, etc.).

Nuestra tarea como académicos y practicantes debería ser diferenciar el pensamiento y la práctica sectaria excluyente y perjudicial del pluralismo sectario que va de la mano con la diversidad religiosa en el mundo islámico. En otras palabras, nuestro objetivo no debe ser necesariamente alentar a los musulmanes a eliminar o resolver diferentes puntos de vista sectarios, sino más bien eliminar esos aspectos destructivos y dañinos del sectarismo. Esta es una vía relativamente factible de emprender, a diferencia de resolver el sectarismo en general. Al emplear el término “desescalamiento sectario” nos referimos a procesos que conducen al reconocimiento y respeto de las diversas interpretaciones del islam que son naturales en cualquier tradición religiosa y, finalmente, a la “apreciación sectaria” y al reconocimiento de los beneficios en térinos de la diversidad. Esperamos que esto pueda alentar la expansión de espacios pluralistas en los que las denominaciones islámicas puedan coexistir pacíficamente y crecer unas junto a otras, al tiempo que identifican y eliminan los factores sectarios dañinos que pueden conducir a una escalada de violencia, persecución y discriminación injusta.

 

Conclusión

La conclusión principal de las discusiones anteriores es desafiar cualquier “gran narrativa sectaria”, ya sea la Guerra Fría Irán-Arabia Saudita, la tesis de la identidad primordial chiíta-sunita, u otros macro encuadres radicales de eventos geopolíticos o tendencias religiosas en Medio Oriente y el mundo islámico. En cambio, cada caso que involucre sectarismo debe investigarse en su propio contexto, que varía según los contenidos ideacionales específicos de cada tradición religiosa, las dimensiones históricas y sociales, las regiones, los legados del imperio y la construcción del estado, y otros factores relevantes. Como demuestran nuestras discusiones sobre el sectarismo en el Medio Oriente, muchas de las narrativas analíticas dominantes actuales abordan problemáticamente la política islámica a través de la lente de las antiguas guerras inter-sectarias y otros marcos anacrónicos de divisiones “chiítas-sunitas” o incluso de “persas vs. árabes”.

Tal retórica fue utilizada en exceso incluso por dictadores arabistas seculares como Saddam Hussein durante su reinado para calificar a la oposición árabe chiíta como una amenaza persa a la verdadera identidad árabe (y por extensión, al “islam sunita ortodoxo”) señalando el hecho de que no son solo los actores “religiosos” los que producen y refuerzan el sectarismo en la región. En el mundo árabe, una de las complicaciones añadidas de utilizar la retórica nacionalista para desviar el énfasis de la identidad religiosa sectaria es el legado del arabismo que fusiona la identidad étnica árabe con la nacional. Este arabismo generalmente se enmarca en una retórica anti-persa y anti-chiíta como se vio bajo el control de Saddam Hussein, así como algunas tendencias del nacionalismo iraquí contemporáneo y la forma en que muchos estados árabes vecinos enfatizan exclusivamente en la herencia árabe compartida como la base de cooperación política y diplomática con Irak como medio para abrir una brecha entre Irak e Irán. Desafortunadamente, la amplia aplicabilidad del lenguaje sectario y su ubicuidad en el Medio Oriente, a menudo también se filtra regularmente en la retórica de los periodistas y los políticos.

En realidad, el sectarismo es un fenómeno mucho más amplio y matizado que una dicotomía general entre “sunitas-chiítas”. De hecho, a menudo hay dinámicas y disputas intra-denominacionales más importantes dentro de las mismas sectas que entre ellas, las cuales están incrustadas en geopolíticas regionales complejas y en la competencia interestatal. En el Medio Oriente –el enfoque regional de este artículo– una encuesta más precisa del sectarismo enfatizaría más en el impacto del wahabismo en el sectarismo, pero a una escala más global reconocería la diversidad regional y la particularidad de las zonas geográficas superpuestas, pero aun así distintas en Medio Oriente, Asia Central y Asia Meridional, por ejemplo, donde las relaciones sectarias no encajan en un molde analítico uniforme y tienen dinámicas diferentes. La variedad institucional y social dentro del islam, y particularmente dentro del vasto paraguas del “sunismo”, es bastante amplia y diversa, lo que requiere muchos más matices cuando se analiza como una categoría en textos académicos y periodísticos.

Mientras el islam como identidad, marcador genérico o práctica sea relevante en la vida de los musulmanes, el pluralismo confesional y sectario seguirá siendo relevante también, como es el caso de cualquier religión global. Esto se debe a que la diversidad y las lecturas sectarias del islam están integradas como prácticas normativas dentro de la propia religión, que pueden adoptar aspectos tanto positivos como negativos según las circunstancias sociopolíticas dadas. Esta diversidad religiosa es bastante difícil de generalizar en categorizaciones fáciles y va más allá de la geografía de Medio Oriente, especialmente porque la mayoría de los musulmanes del mundo residen fuera de esta región.

Estudiar la “violencia sectaria” requiere particularmente el uso de una terminología más precisa y una comprensión del sectarismo como concepto. Como tal, enfatizamos en la necesidad de que los académicos y analistas emprendan un compromiso interdisciplinario y teórico riguroso con el concepto de sectarismo para explorar las mejores iniciativas de construcción de paz a futuro. 

Este esfuerzo también debe tomar en serio la diversidad de los grupos religiosos pertenecientes a las denominaciones islámicas para alcanzar un entendimiento más matizado y preciso de las dinámicas y políticas sectarias en Medio Oriente.

Al reconocer las formas complejas y variadas en que el sectarismo puede expresarse, el llamado al “desescalamiento sectario” se refiere a un proyecto que no pretende disminuir la identidad religiosa musulmana o resolver disputas religiosas, sino identificar y confrontar aquellos aspectos del sectarismo que son negativos, excluyentes o violentos. Por lo tanto, es importante explorar vías para que diversas comunidades religiosas coexistan de manera pacífica y proporcionen el espacio para un mayor pluralismo religioso en las esferas públicas. Hacer esto reconocería las identidades y diferencias sectarias y exploraría las formas legítimas en las que la diversidad puede existir y ser apreciada en el mundo islámico.

Para consultar la versión original de este artículo en inglés, haga clic aquí.

Payam Mohseni es el director del Proyecto sobre Chiísmo y Asuntos Globales del Centro Weatherhead para Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard. También es profesor del Departamento de Gobierno en la Universidad de Harvard.

Mohammad Sagha es becario posdoctoral de enseñanza de la División de Humanidades de la Universidad de Chicago y está asociado al Proyecto sobre Chiísmo y Asuntos Globales del Centro Weatherhead para Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard.

Mateo Toquica: es licenciado en lenguas modernas con énfasis en inglés y francés de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, Colombia). Sus áreas de interés son ELE (Español como Lengua Extranjera) y la traducción.

Alejandra Londoño: es licenciada en lenguas modernas con énfasis en inglés y francés de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, Colombia). Sus campos de estudio son la traducción, comunicación y enseñanza de idiomas.
 

[1]  De acuerdo con estos estudios, más del 90% de los ataques terroristas llevados a cabo por musulmanes fueron de estos grupos vinculados al wahabismo y al salafismo; Fareed Zakariaover  “How Saudi Arabia played Donald Trump,” The Wash- ington Post, 25 May 2017, https://www.washingtonpost.com/opinions/global-opinions/saudi-arabia- just-played-donald-trump/2017/05/25/d0932702-4184-11e7-8c25-44d09ff5a4a8_story.html.

Ver también Salem Solomon, “As Africa Faces More Terrorism, Experts Point to Saudi-spread of Fundamentalist Islam,” VOA, 20 June 2017, https://www.voanews.com/a/africa-terrorism-saudi-fundamentalist-islam/3908103.html

*Este artículo fue tomado de un basto reportaje publicado por la Escuela Kennedy de Harvard-Centro Belfer para la Ciencia y los Asuntos Internacionales en el marco del Proyecto Irán: Participar en el desescalamiento del sectarismo. Actas del simposio sobre el islam y el desescalamiento del sectarismo en la Escuela Kennedy de Harvard. Editado por Payam Mohseni. 25/08/2019. Cambridge, MA, EE.UU.: Escuela Kennedy de Harvard-Centro Belfer para la Ciencia y los Asuntos Internacionales.

 

Leyendas de imágenes (de arriba abajo):

  1. La Sagrada Ka'ba en la Gran Mezquita de La Meca. 4 de diciembre de 2020. Créditos: Wikimedia Commons.
  2. Dos tanques M1 Abrams del Cuerpo de la Marina de los Estados Unidos patrullan las calles de Bagdad, Irak. 14 de abril de 2003. Créditos: Wikimedia Commons.
  3. Masyid an-Nabawi en la ciudad de Medina. Diciembre de 2018. Créditos: Wikimedia Commons.